La Guerra Civil en Gran Canaria

Néstor Santana García. Estudiante Doble Grado en Comunicación Audiovisual y Periodismo.

La Guerra Civil fue una etapa oscura que aconteció en España entre 1936 y 1939. Una batalla a dos bandos, republicanos y franquistas, por el control de un Estado sumido en la miseria. El norte de Gran Canaria fue una de esas zonas pobres y olvidadas de las que no se conservan muchos recuerdos. Por ello, me he desplazado a La Cuevita, en El Pagador, donde dos hermanas, Luisa Rosales Medina y Benita Rosales Medina, nos reciben. Nacen respectivamente en 1938 y 1941, eran infantes y una de ellas ni siquiera vivió el conflicto, pero las historias que vertieron sus parientes difuntos sobre ellas siguen intactas y dispuestas a revelarse.
En la entrada de su casa les pregunto por la Guerra Civil. Ellas hablan en primer lugar de su tío Chano, Benita Medina relata que antiguamente para trabajar la tierra se disparaba contra las piedras para romperlas, “Mi tío se encontró pólvora en el barranco de San Andrés y se la trajo a casa para partir las piedras de su finca, lo cogieron y lo encerraron en Gando”. Al final, nos cuenta que los franquistas no lo fusilaron, simplemente al acabar la pena lo soltaron, pero temieron por su vida.
Hablando de otros familiares, Luisa Medina cuenta la historia de otro tío suyo que combatió en la guerra, “llegó tocado, tenía apendicitis, lo llevaron al hospital de Guía, pero no pudieron salvarlo, murió a los pocos días. Mi tía con 27 años tuvo que hacerse cargo de cuatro niños huérfanos, acabó enloqueciendo y lo perdió todo. Mis otras tías, las ‘solteronas’, tuvieron que hacerse cargo de ella y de los chiquillos, lo pasaron muy mal”.
El miedo imperaba en las casas, según Luisa “todo el mundo tenía respeto, podían usar cualquier cosa en tu contra”. Las desapariciones también eran hechos cotidianos en aquel momento, “nunca lo vimos, pero cada vez que se llevaban a alguien de su casa lo oíamos decir”. Benita recuerda un caso en particular acontecido en el barrio, “Una noche se llevaron montón de gente del pueblo para matarlos, pero trajeron de vuelta a Macuto”, un vecino que ella misma conoció, “le cortaron una pierna y se lo tiraron a la madre en la puerta de la casa de una patada”.
Por último, se nombra la Sima de Jinámar, relatan que ellas trabajaron en su juventud en los alrededores, entre papas y tomateros, “éramos chiquillas, íbamos allí a ver el agujero y a tirar piedras. Nos contaban que dentro se tiraban bidones de gasoil y llegaban al mar”. Al preguntar si ellas sabían lo que pasaba en realidad, responden claro “Sí sabíamos lo que pasaba, un señor nos contó que tiraban a la gente ahí dentro. Era un hoyo, a mitad tenía un ‘terraplencito’ en el que los cadáveres a veces se quedaban. El señor un día iba con su ganado y al escuchar gritos se acercó a la Sima,encontró un hombre moribundo en el terraplén, pero consiguió sacarlo”. Aún hoy en día siguen sin entender como llevaban los cadáveres hasta el lugar si era inaccesible para vehículos.
Con una porción de queque casero en mano y ganas de contar lo recabado, nos despedimos, las Medina saludan con la mano, sonrientes de haber colaborado en esta entrevista. Pero sobre todo por ayudar a la memoria historia del norte de Gran Canaria, un paraje olvidado en el que hoy se levanta un poco de niebla y se divisa más claro el pasado.

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