El valor de la verdad

Adrián Haro Arroyo. Estudiante Doble Grado en Comunicación Audiovisual y Periodismo.

Toda vocación necesita estar limitada por unos valores preestablecidos para una grata convivencia entre los profesionales. Es una característica innata en nuestra civilización. Cada individuo construye su ética a medida que se va desarrollando como maestro de su propio oficio. Sin embargo, una de las ocupaciones más conflictivas del mundo contemporáneo es, sin duda, la del periodista. Antaño este cargo era invisible, no tenía relevancia popular. A finales del siglo XIX los grandes avances intelectuales y progresistas provocaron el nacimiento de lo que hoy conocemos como la industria de la información. Por primera vez la circulación del conocimiento estaba al alcance del pueblo, las personas conocían los hechos más notorios ocurridos.

Adrián Haro Arroyo comprometido con la ética.

“Las malas personas no pueden ser periodistas”, esta frase del periodista Ryszard Kapuscinski ilustraba cómo debe o debería ser el oficio de todo comunicador. El cuarto poder lo llaman. Su principal función es la de transmitir conocimiento a toda la sociedad, de esta manera otorga la capacidad de controlar no sólo la opinión popular, sino de generar presión a los tres poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Un mal uso puede ocasionar mucho daño e incluso causar inestabilidad. Por ende, el código deontológico es tan imprescindible.
Responsabilidad, compromiso, respeto, humildad, valores inexcusables para todo futuro articulista.

Existen numerosos ejemplos del empleo indebido de estos códigos morales. Durante la Segunda Guerra Mundial, el partido nazi aprovechó la influencia de los medios de comunicación para generar una realidad ficticia hacia los alemanes sometidos. “Una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad”, el ministro de propaganda Joseph Goebbels, por aquel entonces, ya percibía las ventajas maliciosas de las cuales el periodismo podría brindar a la autoridad.
En efecto, un mundo sin villanos es utópico. A pesar de este hecho innegable todo periodista debe vigilar los actos que incurre hacia el público que consume los contenidos. La realidad de millares de personas depende de ello, si se recurre a intenciones perniciosas se estaría cometiendo una traición a la esencia de todo informante.

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