Los secretos de Sálvame

Durante cuatro horas, los alumnos del Doble Grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Fernando Pessoa Canarias, fuimos testigos directos del programa “Sálvame”, uno de los programas que emite Telecinco con más audiencia en su parrilla.

La imagen que teníamos del programa es muy distinta de la que tenemos ahora. Lo que parecía un simple plató de televisión, pronto se convirtió en algo comparable a un teatro, donde cada colaborador del programa tiene un guión. Son muchas horas de trabajo, una gran plantilla de trabajadores que hacen posible que cada tarde podamos informarnos de la crónica rosa.

Nada está sujeto al azar y es por esto que nada llega por sorpresa, sólo algún chascarrillo que otro de los colaboradores, como Belén Esteban, una mujer que en todo momento se dirigía al público, a nosotros, haciéndonos partícipes de lo que allí estaba ocurriendo. Tal vez sea por eso, que la llamen la princesa del pueblo. Por ser una mujer llana, que por lo que parece a simple vista dice todo lo que piensa y en el momento en que se le ocurre. Algo que también nos sorprendió fue el trabajo de David, animador de público, que tenía una personalidad muy enérgica y con mucho énfasis nos indicaba cuándo aplaudir, levantarnos y hasta cuándo debíamos bailar.

Delante de la cámara  algunos se muestran amigos, otros se dirigen la palabra, pero cuando llegamos a publicidad ni se miran.

En el plató está el director del programa al que de vez en cuando podíamos escuchar dando órdenes y apostillando algún asunto, el regidor, operadores de cámaras y ayudantes de producción entre otros. Sin duda, acercarnos a nuestro futuro laboral, ha sido una gran experiencia.

Paula María Fernández Pérez. Luna Moya Silva. Estudiantes Doble Grado Periodismo y Comunicación Audiovisual.

El precio de la democracia

Hace unas semanas los estudiantes del Doble Grado realizamos una visita a la capital, me refiero a Madrid, donde visitamos el Congreso de los Diputados. Fuimos guiados a lo largo de las amplias salas del edificio. Sin embargo, un dato que había huido de mi mente en esos momentos reaparecería para sorprenderme más adelante. Me refiero al golpe de estado que tuvo lugar en 1981 a manos de Antonio Tejero, que terminó con numerosos agujeros en el techo de la sala del congreso.

Al estar en aquella habitación me era imposible dejar de buscar las secuelas del 23F, a la vez que se reproducían en mi subconsciente las imágenes del famoso golpe. Lo mismo le ocurría al resto de presentes. Los diputados te lo presentaban como un juego, “Encuentra los treinta disparos de Tejero”. Se contabilizan 35 en total, según el periódico 20 minutos. Algunos se veían a simple vista, otros eran imposible de detectar desde nuestra posición.

Si había algo en lo que coincidían los diputados, incluso los de diferente partido, es en que los disparos sirven como un recordatorio de lo que le ha costado a este país tener democracia. Mi padre recuerda que “estaba en casa, de fondo se escuchaba la radio que estaba oyendo mi madre. Cuando de repente se escuchó un estampido, seguido de un grito: ¡Quieto todo el mundo!» El silencio que se produjo en la casa en ese instante fue casi cortante, el mismo que para mi al escuchar el testimonio de mi padre.

Javier Estupiñán Casimiro. Estudiante Doble Grado Periodismo y Comunicación Audiovisual.